Ensoñación dramática Nº3 .....

María Rafaela Lagar García

Por: Concha Canfrán

Presentación de los personajes por orden de aparición:

María Rafaela Lagar García, anciana.

Marila, empleada de hogar extranjera (rumana) proyección sobre cortina.

Luzdivina, empleada de hogar extranjera (ecuatoriana) en proyección sobre cortina.

Rosina, empleada de hogar extranjera (boliviana) en proyección sobre cortina.

Emilia, anciana y prima de María Rafaela.

Carlota Lagar, hija mayor de María Rafaela.

Marta Lagar, hija menor de María Rafaela

 

Puto teatro

"María Rafaela Lagar García"

En un acto

Entre las sombras del escenario se vislumbra un amplio dormitorio amueblado al completo: cama grande y alta (con dosel, constituido por una barras doradas muy finas), dos mesillas y cómoda; una mesa camilla con dos sillas. En un mueble auxiliar un televisor que permanecerá encendido y con niebla durante toda la representación. La estancia es muy grande y tiene tres balcones cubiertos con tres cortinas blancas. La cama y dos mesillas se encuentran situadas en el lado derecho del escenario, junto a la mesilla de la derecha una cómoda. A la izquierda, desde la mitad del escenario hacia el fondo una mesa redonda con las dos silla. Encima de la mesa un aparato de radio. Suena música de baile muy alta. Aumenta la intensidad de la luz dejando al descubierto la presencia de una anciana sentada en una silla de ruedas en medio del escenario. Un foco de luz se cierne sobre María Rafaela Lagar García, quien dormita con la cabeza sobre el pecho, la boca entreabierta y los brazos colgando.

El foco de luz se concentra en la cara impasible de la anciana y por un momento da la impresión de que podría estar muerta.

María Rafaela Lagar.- ( La música cesa y se escucha un gemido.) ¡Aaaaaah! ( Respira con fuerza y el foco de luz se abre de improviso hasta iluminar a la anciana por completo. ) ¡Aaaaah! ( Lo que parecía un estertor se convierte en una ansiosa bocanada de vida. María Rafaela levanta y vuelve a dejar caer la cabeza. )

En la semipenumbra del escenario un rayo de luz atraviesa la ventana más cercana a la anciana y proyecta en las cortinas la imagen de una mujer joven, Marila, que observa a María Rafaela con impaciencia.

Marila.- ( La imagen de la empleada rumana proyectada sobre la cortina permanece inmóvil, sin embargo se escucha la voz de la mujer llamando a la anciana ). ¡Señora! ¡Señora! ¡Está buena, señora!

María Rafaela Lagar.- (La anciana levanta lentamente la cabeza )¿Quién está ahí? (La anciana intenta mover la silla de ruedas sin conseguirlo.)

La cortina se mueve y la imagen de la empleada rumana desaparece. En la cortina de la segunda ventana surge un resplandor que ilumina la cara de una mujer ecuatoriana.

 

Luzdivina.- (La imagen proyectada en la segunda cortina es la de una mujer madura de aspecto sudamericano, la cara redonda sin llegar a la obesidad, entorna los ojos y sonríe; mantiene la boca cerrada pero su alegre voz inunda el escenario.) ¡Ya voy! ¿Quiere algo más la señora?

María Rafaela Lagar.- ¿Quién eres? ¿Cómo se llamaba ésa? Marila, no, Marila era la rumana. Es algo de Luz, ¡Luzmía! No, no era así ¡Luzdiva! No. ¡Luzmila! Tampoco ¡Luzdivina! ¿Eres tú, Luzdivina? ¿Habrá vuelto? Era simpática, estaba como una cabra. Ésta se marchó enseguida, pensó que iba a cuidar a un hombre. Y como conmigo no se podía casar, ¡ja! ¡ja! ( ríe sin fuerzas, para terminar tosiendo ) ¡coff! ¡coff! estuvo el mes justo, cobró y me dejó plantada. ¡Qué simplonas! Se lo creen todo. Quieren casarse con los viejos verdes españoles. Ésta vino a España a heredar. ¡Ja! ¡Ja! ¡Coff! ¡Coff! ¡Luzdivina, tráigame un vaso de agua! ¡Coff! ¡Coff! Nunca está cuando se la necesita. ¡Coff! ¡Coff!

Mientras habla sola la imagen de la segunda ventana desaparece y se ilumina la tercera ventana, en donde surge la cara de una mujer joven con marcados rasgos indígenas.

Rosina.- (La muchacha muy seria dice que no con la cabeza y desaparece.)

María Rafaela Lagar.- De ti me acuerdo y me gustabas, pero ni siquiera te quedaste veinticuatro horas. Saliste huyendo. Sé lo que te pasó, te asustó la fealdad de la vejez. No te gustó tener que dormir en la habitación de una vieja. Por qué ibas a hacerlo si no eres de mi familia, yo tampoco lo haría. Los viejos no valemos para nada, sí, para dar pena y molestias. A saber de qué selva viniste tú. (Intenta mover la silla para llevarla hacia la mesa camilla donde hay una bandeja con una jarra de agua y dos vasos.) ¡Qué venga alguien! (El silencio más absoluto responde a su llamada) ¡Quiero agua! ¡Agua¡ ¡Agua! (Grita y calla esperando recibir respuesta .) Me han dejado sola. Moriré como un perro abandonado. ¡Socorro! (Grita y escucha) ¡Auxilio! (Grita y nadie la contesta) ¿Me habré muerto sin darme cuenta? (Intenta levantarse y a punto está de caer al suelo.) ¡Ayuda! ¡Ayuda!

Otra anciana entra apresuradamente en escena.

Emilia.- ¡ María Rafaela Lagar García! ¿Qué te pasa, preciosa?

María Rafaela no reconoce a la persona que entra hablándole con tanta familiaridad.

María Rafaela Lagar.- ¿Quién es usted? ¿Dónde está la chica?

Emilia, de la misma edad que María Rafaela, es su polo opuesto. Es una anciana alegre, más que ágil, animosa y, sobre todo, cuidadosa con la poca belleza que todavía conserva a costa de mucho arreglo personal.

Emilia.- ¿No me conoces? Ya estás otra vez más allá que acá. (Se acerca a María Rafaela y la acaricia la cabeza). Soy Emilia. (Se agacha y la da un beso en la mejilla)

María Rafaela empuja a la mujer sin contemplaciones, primero porque se siente molesta con los mimos de una extraña y en segundo lugar porque desea mirarla con perspectiva; lo que hace con mucho descaro; inquisitivamente. La reconoce ¿qué es lo que hace ella allí? Parece decir con su mirada.

María Rafaela Lagar.- Emilia García González, ¡cuántas veces tengo que decirte que no me toques¡

Emilia.- Ya te acuerdas de mí, María Rafaela Lagar García. ¡Prima! (Intenta darle otro beso, pero Rafaela se aparta y besa en falso) ¿Me recuerdas? ¡Eh!

María Rafaela Lagar.- ¡ Estate quieta! Sigues igual de sobona que siempre.

Emilia.- ¿No te alegras de verme, prima? (Intenta pellizcarle en la cara y María Rafaela vuelve a esquivarla con pericia).

Emilia empuja la silla de ruedas y la lleva hasta el proscenio.

María Rafaela Lagar.- ¡Ummm! (Después de un breve suspiro baja la cabeza y deja caer los brazos a los dos lados de la silla entrando en un breve desfallecimiento del que Emilia ni se entera, ya que se ha dado la vuelta y le da la espalda mientras camina hacia la mesa de donde toma una silla, la coloca al lado de la de su prima y se sienta.)

Emilia.- ¿Qué te pasa? Ya te has ido otra vez, mujer. ( Dice inquieta ) Menudo lío como te hayas muerto ¡eh, eh! …. ( Palmetea las mejillas de la otra mujer

María Rafaela se despabila y mira sorprendida a la mujer sentada a su lado.

María Rafaela Lagar.- ¿Eres un fantasma?

Emilia.- ¡Soy tu prima Emilia, la hija de tu tío Manuel!. ¿No recuerdas que viviste en mi casa? Fuimos como hermanas, Rafaela. ¿Ya se te ha olvidado que fuimos juntas al colegio y que mi padre te pago los estudios? ¡Qué pena! Con lo que tú eras de… ( duda, buscando la palabra adecuada) de despierta; si hubiera sabido que estabas tan mal hubiera venido antes.

María Rafaela observa como habla la mujer y por momentos parece perder el hilo de memoria que hacía un segundo le había permitido recuperar su pasado.

María Rafaela Lagar.- ¡Marila! ¡Luzdivina! ( María Rafaela grita de improviso asustando a Emilia que se levanta del asiento todo lo veloz que le permiten sus piernas.)

Emilia.- ¡Qué susto! Tranquilízate, Rafaela. (Dice Emilia elevando la voz para llamar su atención.)

María Rafaela Lagar García. - ¡Marila! ¡Luzdivina!

Emilia.- Soy yo, Emilia, tu prima. ¿Re acuerdas o no te acuerdas?

María Rafaela la mira con insistencia, abre y cierra los ojos sorprendida de su presencia. Es evidente que su cerebro le ha devuelto a la realidad; es un ir y venir del raciocinio que desconcierta a Emilia.

María Rafaela Lagar.- ¿Qué quieres? ¿Dinero?

Emilia.- ¿Qué quieres tú? ( Responde molesta )

María Rafaela Lagar.- Quiero un vaso de agua y que venga la chica.

Emilia.- Ya no hay chica. (La anciana se acerca a la mesa donde sirve un vaso de agua y se lo lleva.) Ahora estoy yo. He venido a cuidarte ( explica amablemente ) en lo que necesites. Comeremos juntas, ¿hago unas judías verdes con aceite y vinagre? ( María Rafaela no sigue la conversación, está a lo suyo)

María Rafaela Lagar.- ¿Dónde se ha ido la chica? (Las cortinas se mueven azotadas por una brisa imperceptible en la sala y los rostros de las mujeres aparecen brevemente proyectados sobre ellas) ¡Tú! ¡Ven! ( Alza la voz ) ¡Tú! ¡Tú! ¡Tú! ¡Ven aquí! (Dice, haciendo señas a la cortina.)¿Cómo se llamaba ésa? (Señala hacia la cortina) ¡Rosina!¡Marila!

Emilia le entrega el vaso de agua sin dar importancia a las muestras de ansiedad de la otra.

Emilia.- Venga, tómate el agua. (Le entrega el vaso y se acerca a las ventanas y mueve las cortinas) ¡Mira! ¿Lo ves? No hay nadie. ¿Lo ves? Estamos solas, tú y yo.

María Rafaela Lagar Gacía. - ¡Marila! ( Exclama, mientras toma un sorbo de agua ) ¡Luzmila!

Emilia recoge el vaso que le entrega María Rafaela.

Emilia.- ¡Olvídate de las chicas! En un año has despedido a diez, casi a una por mes. ( Le dice acercándose a su oído, antes de alejarse hacia la mesa, en donde deposita el vaso) y ya no quedan.

María Rafaela Lagar.- ¿No las ves? Están ahí. ( Dice, señalando hacía las cortinas) Han venido a ayudarme. Son muy cariñosas, me quieren mucho, ¿sabes?

Emilia.- Seguro que sí. Anda, tranquilízate. Ahora me tienes a mí. (Emilia se ha sentado de nuevo a su lado y extiendo sus manos para tomar las de ella en un gesto de afecto y comprensión, pero se lo piensa mejor y las coloca sobre su propio regazo.)

Nuevamente María Rafaela parece haber recuperado el raciocinio.

María Rafaela Lagar.- Una docena no, seis o siete. Todas tenían nombre de telenovela: Marila, Luzdivina, Rosina. Me he caído. Estuve más de un mes en el hospital y diez días en coma. ¿Lo sabías?

Emilia.- Claro que sí, estuve a verte varias veces. Te has recuperado estupendamente. Estás fenomenal, es que tenemos la naturaleza de los García; yo también me he caído pero no me he roto ningún hueso. Lo principal es no darse en la cabeza.

Las dos mujeres están sentadas en las sillas mirando hacia el frente. Emilia habla y habla sin que María Rafaela aparentemente preste atención a la palabrería de su prima, ya que la contestación no guarda relación con lo que dice la otra.

María Rafaela Lagar.- Quieren meterme en una residencia. ( A continuación baja el tono pero sube la intensidad emocional que da a las palabras siguientes ). Pero de mi casa no me sacan ni a arrastras; de mi casa saldré en un ataúd. Todas esas mujeres que me han traído no sabían limpiar, ni cocinar; y no las entiendo, ni yo a ellas ni ellas a mí; son extranjeras; además están enfermas.

Emilia.- ¿Enfermas?

María Rafaela Lagar.- Sí, enfermas. Vienen a España al hospital, como es gratis.

Emilia.- ¿Qué cosas dices? Vienen a trabajar. Hay muchos viejos que cuidar.

El patio de butacas se ha iluminado tenuemente, lo suficiente como para que las actrices pueden ver las cara de los espectadores, con el propósito de intercambiar miradas. Posarán los ojos brevemente en los espectadores de las primeras filas del patio de butaca pidiendo tácita aprobación a sus palabras, con el propósito de crear una atmósfera de complicidad que obligue a tomar partido mentalmente a cada espectador.

María Rafaela Lagar.- Llegan se meten a cuidar viejos y cuanto ha pasado el tiempo reglamentario para conseguir la tarjeta sanitaria se marchan..

Las dos mujeres permanecen sentadas en el proscenio de cara a los espectadores.

Emilia.- Esas mujeres se arriesgan mucho, vienen solas, sin dinero, sin conocer el país; a mí me dan mucha pena. Son gente pobre que viene a trabajar para salir de la miseria; es que tampoco te acuerdas de que los españoles también fuimos emigrantes. (Emilia permanece unos segundos pensativa) Aunque si están enfermas.. ( queda unos segundos pensativas sin completar la frase )

María Rafaela Lagar.- Una de ellas no paraba de toser, en cuanto le pedía que hiciera cualquier cosa, tosía sin parar. Yo creo que estaba tuberculosa.

Emilia.- ¡Qué barbaridad! ¿Qué le pasó?

María Rafaela Lagar.- No lo sé. Ésa se fue enseguida . Otra sólo quería comer carne de vaca.

Emilia.- Sería por motivos religiosos.

María Rafaela Lagar.- ¿Sí? ¿Es que hay una religión que mande comer filetes de ternera?

Emilia.- ¿Ésa era la Marila?

María Rafaela Lagar.- ¡Ah, Marila! No Marila era rumana. Marila era buena chica. Se pasaba el día hablando por teléfono. Le gustaba mucho pintarse las unas, aunque no hubo manera de que me arreglara los pies.

Emilia.- En la residencia viene el callista una vez al mes. Los pies hay que tenerlos bien aseados, recuerdo cuando me salió el uñero, qué mal lo pasé. Y ahora ¿quién te corta las uñas?

María Rafaela Lagar.- Una vez me las arreglo Luzdivina, ésa era muy mala, pues no me dijo que ella no era mi criada que sólo había venido para hacerme compañía. ¿Qué te parece? Ésa tenía unas varices en las piernas como raíces de árbol, de todos los tamaños. ¡La pobre! Estaba peor que yo.

Emilia.- Mira que bien. ¿Así que de dama de compañía?

María Rafaela Lagar.- Sí, y no veas como comía la acompañante, como una lima. A ésa la eché porque me sisaba. Las otras se fueron porque quisieron.

Permanecen un largo minuto sin hablar y mientras callan miran al frente con expresión ausente.

María Rafaela Lagar.- ¡Ah! ( Suspira ) No quiero ir, Emilia.

Emilia.- ¿A dónde no quieres ir?

María Rafaela Lagar.- A una residencia. Quiero morir en mi casa y en mi cama.

Emilia.- Y yo, pero hay que adaptarse a los tiempos. Cada vez nos morimos más lentamente y necesitamos más cuidados. En mi residencia se está estupendamente, los empleados son maravillosos; yo no hago ni la cama. Mira que pies tan arreglados llevo ( dice sacando el pie del zapato y enseñándoselo a su prima, que no hace ni caso ). Entro y salgo cuando quiero. Se está estupendamente.

María Rafaela Lagar.- ¡Cállate! Tú estás soltera.

Emilia encaja el golpe bajo de María Rafaela, tal como si hubiera estado esperando la impertinencia. Sonríe antes de contestar.

Emilia.- ¡Ya estamos! Qué más dará. Somos dos ancianas, yo estoy un poco mejor que tú, pero hay que hacerse a la idea y vivir con alegría un día detrás de otro dando el menos trabajo posible. Hazme caso, en mi residencia estarías mejor atendida y más acompañada. ¡Piensa un poco mujer! No te das cuenta de que te has convertido en un problema para tus hijos. ¡Qué difícil has sido siempre, Rafaela!

María Rafaela Lagar.- ¿Mejor que yo? y vives en un asilo. Sola estás tú que eres soltera. Yo no he criado cuatro hijos para esperar a la muerte rodeada de extraños. Además, ¿quién te ha pedido que vengas?

Emilia vuelve su mirada hacia María Rafaela y cuando parece que va a contestar malhumorada cambia de actitud y aprieta los labios. María Rafaela permanece a su lado muy erguida, con el torso rígido y la expresión altiva; ambas intercambian miradas con los espectadores de su campo de visión.

A partir de este momento una voz en off revelará los pensamientos de cada una de las mujeres que mantendrán una conversación mental de reproches.

Emilia.- Vieja malvada, llevas cinco años muriéndote. Fea, maltratadora de emigrantes, invalida de conveniencia, abusona de hijos y de cualquiera que se ponga a tiro; y bizca; bueno bizca ya no que te operaste. Siempre has sido un mal bicho para mí. No puede haber bondad donde no hubo más que intercambio, egoísmo y envidia. ¿Estaría aquí aguantando tu veneno si no me hubiera pedido Carlota que viniera?

María Rafaela deja caer la cabeza sobre el pecho. Parece dormitar hasta que un ruido entre bastidores la despabila, mira hacia un lado y hacia otro.

María Rafaela Lagar.- Ya vienen las niñas. ( Permanece expectante unos segundos, hasta que se cerciora de que ha sido un ruido) Es pronto. ¿Qué querrá esta mamarracha? ( Levanta la cabeza y mira de reojo a Emili a). Esto es cosa de Carlota, seguro que ha sido Carlota; me la ha mandado para que me convenza. Esas dos. Ni juntas ni por separado conseguirán meterme en una residencia. ¡Se van a enterar! ¡Se van a enterar! Me duele la cabeza, desde que me caí me duele la cabeza. ¡Qué dolor! Tengo hambre. Ya debería estar aquí.( Sin conseguir terminar ninguno de los pensamientos que se le agolpan en la mente deja caer la cabeza sobre el pecho y dormita.)

Emilia continúa el hilo argumental de su pensamiento.

Emilia .- Te llevaste a Carmelo. Todavía me estoy preguntando cómo cayó en tus garras. Cómo le liaste para que te dejara embarazada. No debería haber venido. ( Mira el reloj de pulsera .) Qué tarde es. ( Observa a Rafaela .) La más fea de las primas, paticorta, bizca, tan fuerte como un bracero. Tu prima vivirá con nosotros, dijo mi padre cuando te trajo a casa a la muerte de tus padres, así tendrás una hermana; y me robo, más que el novio, a mi futura familia. Aunque la naturaleza me ha vengado, porque Carlota se parece más a mí que a ti.

Rafaela Lagar García.- ¿Pensarás que te debo algo porque el tío Manuel me pago la carrera? Te quedarás a vivir con nosotros que la Emilia está muy sola, así tendrá una hermana pequeña. Una hermana pequeña que te doblaba la talla y heredaba tu ropa. Te miro y se me revuelven las tripas. ¡Qué dolor de cabeza!

Emilia.- Una sombra, un grano; fuiste una esponja que chupó todo lo bueno que me estaba destinado. Cuando te quedaste huérfana te vino Dios a ver, tu padre te tenía cuidando cabras y el mío te envió a la universidad conmigo. ¡En mala hora llegaste a mi vida!

María Rafaela Lagar.- Sé que piensas que te quité el novio, pero no fue así él no te soportaba, tú eras de cartón piedra, y yo era yo, la María Rafaela; tú le llevabas a misa y yo a la cama ( mira a Emilia de reojo ) Quiero que te vayas. ¡Vete! ¡Vete!

Emilia.- Lista si que eras. Muy inteligente. Terminaste la carrera y yo no. Con lo difícil que era enchufarse entraste de interina y así quedaste. Rechazaste hacer oposiciones te hubieran alejado de Carmelo; a lo mejor ni las hubieras aprobado. María Rafaela, eras mala gente y sigues igual. No hiciste ni un amigo en los destinos que tuviste, pero ¿cómo conseguiste subir y subir peldaños en la Administración?

María Rafaela Lagar.- Tú siempre tan requetearreglada, vestida de domingo. Carmelo cada vez que te veía aparecer se iba a comprar tabaco. No podía soportar tus boberías.

Emilia.- Estuviste en el lugar adecuado en el momento justo y te fue bien, y yo me alegro; pero tienes que reconocer que había mejores, con doctorados y trabajos en el extranjero. El nombramiento te llegó por la vía del cupo y por lo de las cabras. ¡Por favor! Que les falto tiempo para filtrarlo a la prensa. Rafaela Lagar García es un ejemplo de superación personal, de pastora de cabras en su infancia a directora de no sé qué.

María Rafaela Lagar.- La culpa fue del cura. ¿Dónde estarás mejor que con tu tío, tu tía y tu prima? Maldita la hora en que me recogisteis. Todo el pueblo os tenía por buenos. Tu madre la peor de los tres, de ella fue la idea de vender las tierras, mis tierras, y los animales, mis animales; para pagar la universidad, dijeron. La educación es la mejor de las inversiones, pero ellos no vendieron nada de lo suyo. ¿Por qué has venido? Seguro que los otros no tienen ni idea de lo que planean estas dos. ¡Tengo yo hijos, si sé esto! ¡Qué equivocados estáis si pensáis que voy a dejar mi casa!

Emilia.- ¿Envidia? No, no te tengo envidia. Fuiste muy lista y tuviste mucha suerte; pero la vejez te sienta mal, además de fea, desdichada. Cómo lamentaba Carmelo, pobrecito mío, no haberse casado conmigo; se murió antes de conseguirlo.¡ Cómo te ensañas con mi soltería! ¡Qué mala eres! Y de tus cuatros hijos sólo te queda mi Carlota. Los otros están vivos pero siempre ocupados, fueron más listos y tomaron distancia antes de que se endureciera la tela de araña.

María Rafael Lagar.- ¡Carmelo, ven. Ha venido la prima Emilia! ( Se remueve en la silla y suspira) ¡Aaah!

Emilia percibe los movimientos de su prima y controla sus pensamientos para preguntar solícita.

Emilia.- ¿Necesitas algo?

María Rafaela Lagar.- Me amarga la boca. Siento una opresión aquí. ( Dice señalándose la cabeza. Echa la cabeza hacia atrás y hacia delante) . Me estalla la cabeza. ¡Dame agua! ( Termina de hablar y deja caer la cabeza sobre el pecho, los brazos le caen colgando fuera de la silla de ruedas.)

Emilia se levanta de la silla y se dirige a la mesa camilla donde se encuentra la bandeja con la botella de agua y los dos vasos sin percatarse de que su prima ha quedado inconsciente.

Emilia.- ¿Debería hacer la comida? ¿A qué hora suele venir Carlota? (Dice mientras echa el agua en el vaso. No obtiene respuesta, pero continúa hablando.) ¿Traerá ella la comida?

Dice mientras vuelve con el vaso en la mano. Comprende que algo le ha pasado a María Rafaela, por el silencio que invade la habitación, porque no escucha el ronquido de su respiración y por la posición del cuerpo descolgajado hacía delante. Al aproximarse se hace patente la respiración entrecortada y ansiosa de oxígeno de la anciana. La cabeza echada hacia delante, la barbilla sobre el pecho y los brazos caídos.

María Rafaela Lagar.- ¡aaahhh! ¡Juuuu! ¡Aaaaajjhh!

Emilia sostiene el vaso en una mano sin saber dónde dejarlo.

Emilia.- ¡Rafaela! ¡Rafaela!

María Rafaela continúa emitiendo sonidos mientras respirar con dificultad. Emilia mira a su prima y luego al público, con el vaso de agua en la mano, impotente. Cae un poco de agua del vaso sobre la cabeza de Maria Rafaela que puede ser a causa del susto que se da al sentir la presencia de otra persona en la habitación o quizás por mala idea, además de no prestar la atención necesaria.

Carlota.- ¡Qué es lo que pasa!

Carlota corre hacia su madre y se agacha a un lado de la silla para cogerle una mano y frotarla.

Emilia.- ¡Aaah! ¡Qué susto me has dado! Mira, (dice enseñando el vaso de agua) me ha pedido agua.

La hija, arrodillada al lado de su madre se muestra muy preocupada mientras intenta reanimarla.

Carlota.- ¡Mamá! ¡Mamá, despierta! ¿Cómo es que está mojada? (Pregunta al tiempo que le da palmaditas en la cara.)

Emilia se queda paralizada sin saber qué hacer.

Emilia.- Me has asustado y se me ha caído el agua. (Dice desconcertada, como si hubiera sido cogida en falta. Se agacha un poco e intenta limpiarle el pelo con la mano izquierda y a punto esta de verte el resto del contenido del vaso sobre madre e hija.)

  Carlota.- ¡Ten cuidado, tía! Nos vas a empapar. ¡Deja el vaso en la mesa que ya la despabilo yo! ( Carlota da golpecitos con la mano a su madre en las mejillas y la llama) ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Recupérate!

Mientras Emilia marcha hacia la mesa María Rafaela abre los ojos.

María Rafaela.- ¡Que ésa se vaya!

Ordena a su hija.

Carlota.- ¿Ya te encuentras bien?

María Rafaela.- ¡Qué se vaya! No la quiero en mi casa.

Carlota.- Mamá, por favor. Que te va a oír.

Emilia regresa y María Rafaela vuelve a caer inconsciente.

María Rafaela.- ¡Aaaaaah!

María Rafaela deja caer la cabeza sobre el pecho y las manos desplomadas a los lados de la silla.

Carlota.- ¡Mamá, por favor! ¡Mamá, no te vayas otra vez! ¡Mamá! (Le sube la cabeza mientras habla) ¡Mamá!

Emilia.- ¿Voy a por el agua?

María Rafaela da un respingo.

Carlota.- ¡No! Ya está bien de agua. Ayúdame a acostarla. Llamaremos al médico.

Carlota empuja la silla y Emilia diligentemente va abrir la cama.

Emilia.- ¿La metemos en la cama?

Carlota.- No hace falta. ¡Ayúdame, Emilia! ¡Deja la colcha como está! Debo llamar al médico enseguida. ( Mientras habla ha acercado la silla de ruedas a la cama y coge a María Rafaela por las axilas de frente a su madre y la eleva ). Retira la silla, por favor. ( En cuanto Emilia retira la silla deja caer a su madre sobre el borde de la cama ) ¡Ya está!

María Rafaela.- ¡Umm! ¡Aaahh! ( Emite sonidos como si fuera a despertarse )

Carlota.- Mamá, por favor, pon un poquito de tu parte, no te caigas.

Emilia coloca el gran cojín que hay en medio de la cama encima de la almohada para que Carlota pueda colocar la cabeza de su madre.

Emilia.- Cogerá frío.

Carlota.- Es verdad. En el último cajón de la cómoda encontrarás un chal de lana, pónselo por encima. Voy a buscar a don Mariano. Vuelvo en un minuto.

Emilia abre el cajón mientras la otra sale de escena. Se encuentra muy cerca del público. Habla ensimismada en sus pensamientos, aunque sus palabras se dirigen a su prima; sin hacer por mirarla, ya que sabe que la otra no puede oírla.

Emilia.- Te voy a contar un secreto. Yo se lo dejo toda a Carlota. ¿Y tú, qué? ¿Has hecho testamento?

María Rafaela se remueve en la cama y suspira.

María Rafaela.- ¡Ayyy!

Emilia no se da por enterada.

Emilia.- ¡Segurísimo que no!

María Rafaela vuelve a removerse en la cama y a quejarse.

María Rafaela.- ¡Ayyy!

Emilia tira de un chal de lana, al que se había referido Carlota, y deja al descubierto un sobre repleto de documentos. Deja el chal en el borde del cajón para curiosear el contenido del sobre.

Emilia.- Mira lo que he encontrado. Aquí están las escrituras, los papeles de los bancos, ¿verdad? Qué es lo que hay aquí. ( Emilia deja el sobre en el suelo y se arrodilla para coger otro objeto de dentro del cajón .)¡A ver! ¡A ver! (Emilia saca una abultada bolsa de cuero atada con una lazada y, sin decir palabra, se la guarda en el bolsillo de la chaqueta.)

María Rafaela.- ¡Ayyy! ¡Aaah! ( Respira con dificultad )

Emilia se levanta con dificultad apoyándose en la cómoda con una mano y recogiendo el sobre del suelo con la otra, pero la precipitada entrada en es cena de Carlota frustra su propósito de curiosear el contenido. Precipitadamente introduce el sobre en el cajón que queda medio abierto con el chal colgando de una esquina.

Carlota.- ¡Tía, por Dios! ¿Todavía no la has tapado? ( Toca a su madre las manos y la cara ) Está helada.

Emilia.- Es que no encontraba con qué. ( Se disculpa )

Carlota coge el chal y lo desdobla completamente, por su gesto se sobreentiende que lo considera insuficiente.

Carlota.- Esto es poca cosa. Vamos a taparla con la otra parte de la colcha. ( Carlota va hacia el otro lado de la cama levanta la colcha y la echa por encima del cuerpo de su madre) De momento servirá.

Después de extender la colcha sobre su madre, Carlota, coge el chal que todavía se encuentra medio fuera del cajón de la cómoda y se lo pone también por encima. Se sienta en el borde de la cama y toma las manos de su madre entre las suyas para transmitirle su calor.

Emilia.- ¿Y el médico?

Carlota mira a su tía, pero sus primeras palabras van dirigidas a su madre.

Carlota.- Tranquila mamá ( dice mientras la besa la frente ). Ya estás entrando en calor. Le han ido a buscar a la cafetería. Al parecer desde que le han jubilado no para en casa. ¿Qué tal, ahora? ( Dice mirando a su madre ) Mejor, ¿verdad? ( Habla a su madre como si la escuchara, aunque la anciana, postrada en la cama no mueve un músculo, ni emite sonido alguno .)

Emilia.- Tiene mejor color. ¿Quieres que baje a ver si ya ha llegado el médico? Incluso podría acercarme a la cafetería.

Carlota.- Sí, tía. Será lo mejor.

Emilia da media vuelta para salir del escenario por donde había entrada Carlota, y ésta, de espaldas a su madre abre el primer cajón de la cómoda a la búsqueda de la manta de viaje que debe estar en alguno de los cajones.

María Rafaela .- ¡Carlota!

Carlota, muy asustada, reconoce la voz de su madre y de un salto se vuelve hacia su madre.

Carlota.- ¡Mamá! ¡Por favor! ¡Qué susto me has dado!

María Rafaela intenta incorporarse en la cama.

María Rafaela.- Hija, qué malita me he puesto. ( Dice con un hilo de voz. )

Carlota.- Tú, tranquila. Habrá sido una bajada de azúcar. ( Carlota se sienta en el borde de la cama, obliga a su madre a que se eche de nuevo y la coge las manos.) La tía Emilia ha ido a buscar a don Mariano. Ahora mismo te vas a tomar una manzanilla para que entres en calor.

Intenta levantarse del lecho sin conseguirlo. María Rafaela tiene las manos de su hija bien agarradas e impide que se vaya.

María Rafaela.- Quiero que se vaya. ( Dice María Rafaela con determinación .)

Carlota.- ¿Quién quieres que se vaya? ( Pregunta Carlota, a pesar de que saber perfectamente que su madre se refieres a Emilia ) ¿La tía Emilia?

María Rafaela.- Sí. Qué se vaya.

Carlota.- Mamá, por favor. Cómo le voy a decir que se vaya. Ha venido a ayudarnos, a estar contigo.

María Rafaela.- ¡Qué se vaya! ¡No la quiero en mi casa! ¡He dicho que se vaya! ¡Cómo quieres que te lo diga!

María Rafaela grita a todo pulmón, con una energía avasalladora.

Carlota.- Mamá, no grites así. Te va a oír.

María Rafaela.- Si me oye, mejor. No quiero verla más por aquí.

Carlota.- De acuerdo. Está bien. Pero explícame el porqué.

María Rafaela.- ¿Es que no lo sabes?

Carlota.- Pues no, no lo sé. Cuéntamelo tú. De aquí no me muevo hasta que me expliques qué es lo que os ha pasado. ( Dice Carlota intentando tranquilizar a su madre, con el propósito de entender qué había sucedido para ponerla tan alterada.)

María Rafaela.- Quiero que se vaya porque es una ladrona.

Carlota.- Mamá, por favor, qué cosas dices. La tía no es una ladrona, tiene más de todo que tú. ( Carlota intenta levantarse, pero su madre todavía la retiene sujetando fuertemente sus manos ) A ver, dime, qué es lo que te ha robado.

María Rafaela.- A ti.

Carlota.- ¿A mí?

María Rafaela.- Sí. Quiere quedarse contigo, lo ha querido siempre. Me ha dicho que ha hecho testamento y te lo deja toda a ti. Eso me ha dicho.

Carlota.- Pues no sabía nada. Y me da lo mismo, mamá. Eso son cosas de la tía, siempre hablando de herencias y de dinero. ¿Eso es lo que te preocupa?

María Rafaela.- Dice que me vaya a vivir con ella a su residencia para tenerte a ti. ¡Yo no quiero ir! ¡Ayyy, qué desgraciada soy! ( Conforme habla se enerva más y más. Grita y llora al mismo tiempo ) ¡Me quiero morir! ¡Hija mía, de mi vida, escúchame. Quiero morir en mi casa, en mi cama! ¡Hija, mía!

Carlota se abraza a su madre y la acuna como a un bebé. Lloran juntas unos segundos.

Carlota.- (Limpiándose las lágrimas.) Tranquila, mamá. Estate tranquila. De aquí no te moverá nadie hasta que tú no lo pidas.

María Rafaela.- ¿Lo juras?

Carlota.- Te lo prometo, mamá.

María Rafaela.- Te creo, hija. Ve y hazme esa manzanilla, a ver si me entono un poco.

Carlota coloca la otra almohada de la cama (tiene dos) debajo de la cabeza de su madre, mientras las luces van fundiendo en un negro intenso y se cierra el telón, para volverse a abrir casi de inmediato.

Cuando se vuelve abrir el telón la disposición del mobiliario ha variado ligeramente. Del dosel de la cama cuelgan unas cortinas negras que la ocultan. La mesa con las dos sillas se ha adelantado hacía el patio de butacas, aunque sin invadir el proscenio. Dos mujeres: Carlota y Marta, hermanas, están sentadas a la mesa. La luz se concentra en la mesa donde las dos hermanas hablan tranquilamente y en contraposición las sombras ocultan el resto del escenario.

Carlota.- Has llegado por los pelos.

Marta.- Y qué quieres, llamaste cuando ya había muerto. Ya ves, a Alfonso le ha sido imposible venir.

Carlota.- Llevo el año entero, qué digo, desde hace dos años, diciéndote que mamá estaba muy mal y que en muchas ocasiones ni me reconocía; incluso te conté lo de las alucinaciones.

Marta.- Ya lo sé. Pobrecita, soñaba con sus cabras. Qué quieres, le ha costado diez años morirse. No podíamos estar aquí cada dos por tres.

Carlota.- Además, estaba yo; claro. Pero yo no vivía con ella. Yo tengo mi propia familia, mi trabajo, mis hijos, mi marido; lo mismo que tú. ¡Qué fría eres¡ (Carlota posa la mano izquierda en el asiento de la silla para levantarse y la mano derecha encima de la mesa, dejando al descubierto una ostentosa pulsera de eslabones de oro. La conversación con su hermana la está irritando por momentos .) ¡Qué corazón tan duro! ( Eleva la voz, pero se controla .) Por favor, que estas hablando de tu madre, ten un mínimo de decencia y compasión. Vuestro comportamiento, el tuyo y el de los otros dos, ha sido…..mal… perverso.

Marta.- No habrá sufrido tanto nuestra falta cuando ni siquiera a ti te reconocía a ti. ( Comenta en un vano intento de disculpa .)

Carlota.- Eso fue al final, pero se ha pasado años preguntando por su Marta, su Rafael y su Fernando. Hasta que dejó de hacerlo.

Carlota decide no levantarse, se acomoda en la silla y pone los codos encima de la mesa, sujetándose la cabeza con las manos, y dejando de nuevo al descubierto la pulsera.

Marta.- Tienes razón. De verdad que ahora lo lamento. Tenía muy mal carácter y yo me llevaba especialmente mal con ella, pero al menos debería haberle dado la satisfacción de ver más a menudo a sus nietos. Por cierto ¿esa pulsera no es de mamá?

Carlota acaricia la pulsara con la mano izquierda.

Carlota.- Las joyas se las regalo a tía Emilia. Y a mí me pareció bien, la pobre Emilia se pasaba horas y horas haciéndola compañía.

Marta.- ¿Esta viva, tía Emilia?

Carlota.- Sí. Esta muy viejecita, pero muy ágil. ¿No la has visto en la misa? Estaba a mi lado.

Marta.- No. Ya sabes que llegué tarde y tuve que permanecer al fondo hasta que terminó el responso. A mí me reconocía todo el mundo y yo, después de tantos años, no te puedo nombrar ni la mitad de los nombres de las personas que se acercaron a darme el pésame. Entonces, dices que la pulsera era de mamá.

Carlota.- Mamá se la regaló a tía Emilia y tía Emilia me la ha dado a mí.

Marta.- Me parece bien. Al fin y al cabo tú te hiciste cargo de ella durante muchos años.

Carlota.- Querrás decir durante siempre.

Marta.- Por supuesto. A mí me parece bien que tengas tú personal compensación, pero a lo mejor Rafael y Fernando no piensan lo mismo. Según me han dicho quieren dejar resuelto el tema del notario entre hoy y mañana.

Carlota.- ¿Qué cosa del notario?

Marta.- Ya sabes, repartir la herencia. Lo que se haga en estos casos.

Carlota.- Querrás decir ir al banco.

Marta.- Primero al notario para lo de la declaración de herederos.

Carlota.- Estás equivocada, se va al notario cuando hay bienes y mamá se los comió.

Marta.- ¿Qué dices?

Carlota.- Como tú bien has dicho antes, han sido diez años de agonía durante los cuales ha estado atendida mañana, tarde y noche. Y eso, querida hermana, cuesta mucho dinero; y para el bien de nuestra madre, hubo de donde tirar. Habrá que ir al banco, por si hay que hacer frente a alguna deuda.

Marta.- ¿Qué dices?

Carlota.- No te repitas por favor.

Marta.- Y¿ qué has hecho con la ayuda del Estado para personas dependientes?

María Rafaela.- ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! (Sonoras y siniestras carcajadas inundan el escenario mientras cae el telón.)

FIN.

Concha R. Canfrán, periodsita. Reservados los rerechos de propiedad intelectual. Contacto: canfran@conajo.es ó conrodricanillas@yahoo.es Tfno -034 616890855